«En el nombre de Dios»
domingo, 17 de diciembre de 2017
«En el nombre de Dios»
¿Cómico? ¿Trágico? ¿Exagerado?
Lo interesante de todo, es que cada una es correcta, exacta, precisa y lamentable.
Expresiones cada vez más utilizadas en nuestro diario vivir/morir, podrían catalogarse de muchas formas, pero lo cierto es que se menciona a Dios como último recurso, en casos sin esperanza a través de medios humanos, perdiendo la fe en la justicia.
La violencia se acerca más y más y acorrala a los ciudadanos comunes; a los decentes, a los corruptos, a las minorías, a las mayorías y como en la sociedad actual es «bueno» ser «políticamente correctos»: a hombres y mujeres o mujeres y hombres.
El ser humano como tal, es un animal social, aunque nuestro comportamiento sea antisocial muchas veces; es cierto y justo que no nos merezcamos los tratos inhumanos a los que nos enfrentamos día y noche, en las calles, en la oficina, en la colonia y sí, también en los centros comerciales.
Hablando de centros comerciales, la vida enfocada en la urbe centroamericana, precisamente en Guatemala; en los últimos años hemos visto un incremento significativo en la afluencia hacia estos lugares. ¿Por qué? La respuesta a esta interrogante no es solamente una.
Es cierto que como humanos, nos reunimos en grupos que se pueden definir como nuestros pares, nuestros similares. Gustos, aficiones y trabajos parecidos. Éso somos, así hemos sido por décadas, siglos y miles de años. Las diferencias han sido muy mal vistas por otros que tengan intereses más fuertes y accesibles.
Vamos hacia ellos para distraernos, tal vez divertirnos, pasar un rato agradable con la seguridad de estar tranquilos. Tenemos de todo allí mismo: cine, comida, bebida, librerías, ropa, perfumes, maquillaje, servicios bancarios y entretenimiento de temporada. Hemos convertido a los centros comerciales en islotes, en ciudadelas, donde nos sentimos a salvo una vez estemos dentro. Sin embargo, también han sido asediados últimamente por los delincuentes, poniendo en zozobra a sus visitantes.
Aunque no queramos, no podemos negar la realidad que sucede ante nuestros ojos. Si no es a uno mismo, a algún familiar, a alguien conocido o tantos otros a través de las noticias diarias, a cada momento por las redes sociales. Es imposible hacer oídos sordos o hacerse el tonto como algunas autoridades, es «lo mejor» que pueden hacer para eximirse de culpa, siendo su harta obligación el proteger a sus ciudadanos.
Cómico, porque la sociedad se autoanestesia a través de la risa como conducto para afrontar la realidad. Decir exagerado es negar la realidad, la realidad que se niega por los fervientes defensores de la fe, fe de esperar un milagro y que todo, todo es por voluntad divina. ¡Por favor!
Trágico, sí, trágico. Tragicomedia para los anestesiados. Pareciera, nuestra sociedad, una obra del aclamado Shakespeare, donde sus personajes son llevados a la muerte a través de la pluma del autor. Lo realmente lamentable, es que no es ficción, es nuestra vida real.
Nos aferramos a creer en algo o alguien, que nos haga justicia, divina o extraterrestre, con tal de estar tranquilos, pero anestesiados ante la tiranía del crimen y la tiranía legal que no hace su trabajo como debe.
Lo que más duele es estar [viviendo] muriendo cada día con temor, con paranoia, con una sensación esquizofrénica de estar siendo perseguidos y que las autoridades se hagan de la vista gorda y que se masturben mentalmente con la idea de terminar el año con unos tres muertos menos que la última vez que contaron «oficialmente».
Las calles son nuestras, debemos recuperarlas, un paso a la vez. Estamos encerrados mientras los criminales están sueltos o dentro de las prisiones, pero orquestado nuevos golpes, como en el transporte público.
Estando en la calle, al final de la tarde, una madre y dos hijos adolescentes esperaban un taxi, que al parecer no les pareció bueno el costo del pasaje y la madre decidió esperar y abordar el transporte público desvencijado, casi vacío. A lo cual, antes de subir exclamó con miedo y firmeza: ¡En el nombre de Dios!

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