Espera


domingo, 25 de octubre de 2015






Los persistentes destellos de lucidez que se borran de repente cuando llega el momento.

Ya habían pasado setenta y dos días desde aquel momento único -repetitivo e intermitente en su mente- cuando la vio por primera vez y fue tal su reacción que tuvo que inventarse una excusa para poder verla de nuevo "por accidente".

Era imposible para él, dejar de verla, irremediablemente no podía disimular la atención que le robaba Aurora; una mujer que le quitaba el aliento y la voluntad, con el mundo y los pretendientes al acecho. De una belleza exuberante, sin artilugios ni excesos, simplemente auténtica. Sabía que tenía miedo de hablarle, de cruzar miradas, siquiera de acercarse. Ensayando una y otra vez la manera de romper ese maldito hielo que lo separaba de lo que, para él, era la felicidad o por lo menos, un acercamiento hacia ello.

Únicamente alcanzaba a pensar en ella, él y ella, ella y él, nosotros, todos... de repente, lo embargaba un sentimiento de frustración y no sabía qué hacer con eso que lo entristecía de manera tan amarga.

Y ...si me habla, ¿qué le digo? -Se preguntaba.

Se dedicó a divagar en los posibles escenarios a los cuales se podría enfrentar. Viéndola cruzar la calle a través de un espacio casi invisible a los peatones y perfectamente ubicado en el momento preciso para verla pasar con todo su esplendor o encontrarla en el parque o buscarla al pasar por su casa. -No sabía-

¿Qué me pasa? -Se preguntaba otra y otra y otra vez con una voz casi inaudible.
¡Qué tal! Soy Fausto, vives cerca de mi casa, eres nueva en la colonia, ¿verdad?
Por fin, lograba articular palabras con sentido. Era una presentación... sin público por suerte, pensó.

¡Ahora sí tengo que armarme de valor!...y divagó de nuevo y se cuestionó: "armarme de valor? ¡¿Qué estupidez es esa?!, ¡ni que fuera un puto lego! -Exclamó.

Es hora de enfrentarse a la realidad. No tengo amigos a quienes valga la pena contarles o pedirles ayuda, creo que hasta yo soy el más adelantado de esos. En fin, no pierdo nada. Además, no sé si sabe besar o si besa bien...¿me querrá besar? Igual, haría como que sé y ya. Pero primero, encontrar la excusa perfecta...

Y al final de tanta espera obligada por él y nadie más que él, daba un paso tras otro con una seguridad nunca antes vista en él y la encaró, la vio a los ojos tan delicadamente adorables, de una jovialidad sin límite y un color tan diferente a los tantos que ha visto en tantas fotografías de revistas, pero con su encanto intacto y una boquita que le daban ganas de arrebatarle un beso y plantárselo en el alma y aunque era paciente y tímido le preguntó su nombre. A lo cual, ella respondió: Aurora y de repente fue llamada por su padre, supuso.

-Me tengo que ir, indicó.

Pero, ¿puedo ver otro día? -preguntó Fausto-

No creo, nos iremos mañana del país. Ya no volveremos. Solo fue una visita relámpago para dejar todo arreglado para mudarnos. Nunca la volvería a ver tras ese encuentro mágico e irreal, tan esperado se grababa y repetía constantemente en su memoria.

Recordó una última vez, verla alejarse hacia su casa, cuando volvió a hablarle. ¡Fausto!
¿Sí? -contestó esperando que se arrepintiera de viajar.
-Te había visto hace dos meses pensé que me hablarías. Le dijo ella tristemente.
Tal vez te vuelva a ver... y conocer.

Tanto tiempo que pasó por su mente, setenta y dos días para hablarle y toda una vida recordándola.

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