La visita no deseada del dolor de cabeza
domingo, 13 de diciembre de 2015
La visita no deseada del dolor de cabeza
Buenos días, debes levantarte. Una de tantas mañanas de fin de semana, en las cuales uno como ser humano, trata de disfrutar o, al menos, distraerse o hacer algo diferente a lo que la tediosa rutina nos obliga, te sorprende dese temprano, un desastroso dolor de cabeza, que viene a tratar de joderte el día que habías imaginado algo no menos que excelente.
Luego te das cuenta que, para poder atenuar a ese puto visitante que sin más, se aloja en ese lugar en donde no se puede ni siquiera levantar la mirada, no basta con tragarse un par de pastilla. Te lavas los dientes a ciegas, creyendo que al abrirlos, desaparezca ese malestar.
No entiendes nada de lo que ocurre. Dormiste más o menos bien, no bebiste la noche anterior y comiste un poco menos de lo normal. Escupes la espuma y te enjuagas la boca, te bañas y hasta parece que al dolorcito imprudente le encanta el agua, -al menos algo tenemos en común-; desayunas algo ligero y te empeñas en seguir con tus planes, que el fin de semana corre rápidamente y ya será lunes y las calles congestionadas por todos lados impedirán que hagas todo lo que has planeado y sales.
Caminas y piensas si un poco de sol te caerá bien y apaciguar la presencia del polizón, que no se da cuenta que no es bienvenido. Bien, pues vas en curso.
Tomas el transporte público, -el que pase más rápido-, esperando que no lleve ese ruido retumbante mezclados con el sonido del motor desvencijado de esa camioneta. Lleva tan estruendoso el sonido de su aparato, que los audífonos que llevas puestos, pasan a ser solo un elemento decorativo saliente de tus orejas y tu doloroso acompañante parece moverse al ritmo de la <<música>>.
Después de varios minutos de lenta agonía dentro de la lata motorizada, al fin te bajas y te das cuenta que la lista de reproducción en tus audífonos siguen en marcha.
Ya entraste al comercial atiborrado de personas que vienen y van sin un orden preciso. Vas, compras algo que tenías pensado y sigues viendo las demás cosas en el escaparate o sobre la mesa. Toc, toc y la persistencia del dolor se acentúa luego de una ligera tregua unilateral.
El aroma del café que despide una máquina te llama la atención y recordabas que era uno de tus planes, el comprar un café y un bocadillo para ver pasar la locura en forma de personas con el movimiento restringido de sus brazos y manos por las compras hechas a última hora. Realmente te parece interesante.
Al fin llega el café que pediste junto al pastelito y al dolorcito parece gustarle la idea y ambos comen y beben al mismo tiempo. Te alegras de haber tomado esa decisión, sabiendo que tu acompañante se irá pronto, sin despedirse y sin agradecerte por la invitación al café, aunque tal vez lo extrañes.
El dolorcito se irá extinguiendo poco a poco y silenciosamente hasta desaparecer por completo. Tal vez uno de estos días, se recuerdo que no te agradeció por el café que bebieron y a lo mejor -o peor- encuentre el camino y te haga saber que volvió a decirte sin hablar: -gracias-.

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